En el ámbito de los grandes viajes intercontinentales y las experiencias que combinan cultura y gastronomía, Princess Cruises propone una ruta excepcional por dos países de enorme riqueza histórica: Japón y Corea del Sur. Su amplia trayectoria en Asia, con más de una década operando itinerarios en la región, aporta al viajero una sensación de confianza y conocimiento profundo del destino.
El Diamond Princess es el escenario desde el que se desarrolla esta experiencia, concebida no solo como un medio de transporte, sino como una puerta de entrada al Lejano Oriente. A lo largo del viaje, el pasajero descubre paisajes, costumbres y sabores ancestrales sin renunciar a la comodidad ni al estilo característicos de una gran naviera internacional. Perteneciente a la clase Grand, este buque inició su actividad en marzo de 2004 y alterna sus temporadas entre Asia, durante los meses estivales del hemisferio norte, y Australia cuando llega el verano austral. Construido en Nagasaki por Mitsubishi Heavy Industries, el Diamond Princess marcó un hito al convertirse en el primer barco de Princess Cruises ensamblado en un astillero japonés, al igual que su gemelo, el Sapphire Princess.
Este origen explica en gran medida su personalidad. Más que un barco, el Diamond Princess se percibe como un espacio de retiro en el que la estética japonesa convive con un diseño actual y elegante. Las zonas comunes son amplias y armoniosas, con una decoración cuidada que incorpora guiños sutiles a la cultura local y genera una atmósfera tranquila y distinguida.
Tras dos décadas de navegación y una profunda remodelación realizada en 2019, el Diamond Princess no destaca por una arquitectura futurista, pero sí por un encanto propio que se aprecia en cada rincón. Predominan los materiales nobles, como la madera y el mármol, una paleta cromática serena y una iluminación pensada para favorecer el descanso. El barco dispone de cuatro piscinas distribuidas en distintas cubiertas y conserva una característica cada vez menos habitual: un amplio paseo exterior que recorre las cubiertas 7 y 8, permitiendo disfrutar del mar en todo momento.
Nada más abandonar el puerto de Yokohama, me dirigí a cubierta para observar el final del día. Acostumbrado a los atardeceres marinos, no esperaba una escena tan singular. En el horizonte, una silueta difusa comenzó a definirse lentamente hasta revelar la imponente presencia del monte Fuji, mientras el cielo se teñía de tonos anaranjados y rojizos. Fue un comienzo difícilmente superable para mi primera travesía con salida desde Japón, un país que atraviesa uno de sus momentos de mayor atractivo turístico.

